Una buena historia, una escenografía sencilla pero cuidada y con sentido y una gran dosis de talento son los ingredientes necesarios para que una obra o un musical tengan éxito. Pero, además, hace falta una chispa de magia. El cabaret de los hombres perdidos va sobrado de todos estos ingredientes, consiguiendo alcanzar un elevado puesto en la lista de espectáculos imprescindibles esta temporada y todas las que vengan, que esperemos sean muchas.

En este espectáculo, las expectativas eran altas. Tampoco podía ser de otra manera, ya que además del argumento y alguna que otra foto vista sin querer para no desvelar mucho, un reparto formado por Leo Rivera, Armando Pita, Ferrán González y Cayetano Fernández, bajo la dirección de Víctor Conde, no podía decepcionar. El Teatro Alfil, lugar en el que se desarrolla la historia, también tenía su parte de culpa, ya que todo aquel que haya traspasado su puerta sabrá que no es un teatro convencional (aunque, en realidad, ningún teatro lo es).

Todo en El cabaret de los hombres perdidos tiene su lugar, todo forma parte de un mecanismo que encaja a la perfección, empezando por la historia. Dicky es un chico con el sueño de ser cantante que, tras ser perseguido, acaba en el Tattobar, un lugar en el que podrá comprobar cómo puede ser su futuro de la mano de Destino, un tatuador y un transexual.  Una visión sobre los sueños, sobre el futuro y sobre los instantes que permite al público adentrarse en un mundo nuevo, pero no por ello desconocido. E incluso formar parte del mismo.

Es innegable que este cabaret no sería el mismo sin los actores que dan vida a los cuatro peculiares personajes, Leo Rivera, Armando Pita, Ferrán González y Cayetano Fernández. Cada uno especial, hacen funcionar el espectáculo de una forma digna de admiración, con compenetración y profesionalidad, esa que tantos años de experiencia han logrado forjar. Saben provocar en el púbico la emoción adecuada en cada momento, transmitir con sus voces todo lo que las palabras no alcanzan a expresar y hacer cómplices a todos los presentes en el Teatro Alfil.

No es fácil que una obra consiga hacer reír al público, emocionarse, contener el aliento en algunas escenas y aplaudir hasta doler las manos durante y al final de la obra. No es fácil verte reflejado en una obra con tanta claridad y tanta crudeza. No es fácil que un espectáculo haga reflexionar y no quede entre las paredes del teatro. Lo que sí es fácil es invitar a todos los amantes del teatro y a los que no lo sean a ver El cabaret de los hombres perdidos, ya que es un buen lugar para encontrarse.

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Imagen obtenida del Teatro Alfil
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